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El yoga —práctica milenaria que combina posturas físicas, respiración controlada y meditación— se ha convertido en una de las intervenciones complementarias más populares en Occidente. La evidencia científica actual muestra beneficios modestos pero reales en varias áreas: para el dolor lumbar crónico, el yoga parece tan eficaz como otros ejercicios específicos de espalda; en salud mental, los metaanálisis sugieren efectos pequeños a moderados sobre depresión, ansiedad y estrés; en mayores, mejora el equilibrio y la movilidad, aunque su efecto directo sobre las caídas está menos claro. Sin embargo, la calidad de la evidencia es generalmente baja a moderada, y muchos estudios tienen limitaciones metodológicas importantes. Conclusión práctica: el yoga es una opción razonable de ejercicio mente-cuerpo, especialmente para quien busque una actividad física accesible que combine movimiento y relajación, pero no es superior a otras formas de ejercicio para la mayoría de indicaciones.


El fenómeno yoga: entre la moda y la ciencia

Pocas prácticas han recorrido un camino tan singular como el yoga: de disciplina espiritual india con más de dos mil años de antigüedad a fenómeno global presente en gimnasios, hospitales y aplicaciones móviles. Solo en Estados Unidos, más de 36 millones de personas practican yoga regularmente, y la tendencia sigue al alza en Europa.

Este éxito masivo ha generado un problema habitual: las promesas de marketing han corrido mucho más rápido que la investigación. A cualquier clase de yoga le cuelgan etiquetas como “detox”, “sanación” o “rejuvenecimiento celular” que carecen de base científica. Mientras tanto, los investigadores llevan décadas intentando responder una pregunta más modesta pero fundamental: ¿funciona realmente el yoga para algo más que sentirse bien después de una clase?

La respuesta, como suele ocurrir en medicina, es un “depende” con muchos matices. Vamos a desgranarla.


Qué es el yoga (y qué no es, científicamente hablando)

Para la ciencia, el “yoga” que aparece en los estudios clínicos suele referirse al hatha yoga o sus variantes: una combinación de posturas físicas (asanas), técnicas de respiración (pranayama) y, frecuentemente, algún componente de relajación o meditación. Es, por tanto, una intervención multicomponente que integra ejercicio físico, trabajo respiratorio y entrenamiento atencional.

Esta naturaleza multifacética complica la investigación: cuando un estudio muestra beneficios, ¿se deben a las posturas, a la respiración, a la meditación o a la combinación de todo? Los metaanálisis rara vez pueden responder esta pregunta porque los programas de yoga varían enormemente entre estudios.

También conviene aclarar que el yoga estudiado en ensayos clínicos suele ser yoga adaptado a poblaciones occidentales y a contextos terapéuticos, impartido por instructores certificados. Esto puede diferir sustancialmente de la clase de “power yoga” del gimnasio de barrio o del tutorial de YouTube.


Qué dice la evidencia

Dolor lumbar crónico: la indicación más estudiada

Si hay un área donde el yoga tiene respaldo científico razonable, es el dolor lumbar crónico inespecífico —ese dolor de espalda baja que dura más de tres meses sin causa identificable clara.

La revisión Cochrane más reciente (2022), que incluyó 21 ensayos clínicos aleatorizados con 2.223 participantes, concluyó que:

  • Yoga vs. no ejercicio: A los tres meses, el yoga probablemente produce mejoras pequeñas en la función de la espalda y el dolor. Sin embargo, los autores advierten que las diferencias, aunque estadísticamente significativas, “no fueron suficientemente importantes para la persona con dolor lumbar”.
  • Yoga vs. otros ejercicios de espalda: Probablemente hay poca o ninguna diferencia entre el yoga y otros ejercicios específicos de espalda en cuanto a función. Para el dolor, la evidencia es de muy baja calidad y no permite conclusiones firmes.

En otras palabras: el yoga funciona para el dolor lumbar, pero no mejor que otros programas de ejercicio diseñados para la espalda. La elección entre yoga u otro tipo de ejercicio puede depender de la preferencia personal, el coste y la disponibilidad.

Un detalle relevante: todos los estudios incluidos comparaban programas de yoga diseñados específicamente para dolor lumbar e impartidos por instructores experimentados. No es extrapolable a cualquier clase de yoga genérica.

Salud mental: depresión, ansiedad y estrés

El yoga se promociona intensamente para la salud mental, y aquí la evidencia es prometedora pero con importantes matices.

Depresión: Un metaanálisis publicado en 2024 que incluyó 24 ensayos clínicos (1.395 participantes) encontró que el yoga tiene un efecto estadísticamente significativo sobre la severidad de la depresión comparado con grupos control pasivos (SMD = -0.43). Este es un tamaño del efecto pequeño a moderado. Comparado con intervenciones activas (otros ejercicios, educación), la ventaja del yoga se reduce considerablemente.

Ansiedad: Las revisiones sistemáticas sugieren efectos favorables del yoga sobre la ansiedad, pero la heterogeneidad de los estudios es alta. Un ensayo clínico publicado en JAMA Psychiatry comparó yoga con terapia cognitivo-conductual (TCC) para el trastorno de ansiedad generalizada: el yoga fue superior al grupo control de educación sobre estrés, pero inferior a la TCC, el tratamiento de referencia.

Estrés: Un metaanálisis de 2024 que incluyó 13 ensayos encontró efectos moderados del yoga sobre el estrés percibido en adultos estresados (SMD = -0.69), aunque la calidad de la evidencia fue baja.

El patrón que emerge es consistente: el yoga tiene efectos pequeños a moderados sobre síntomas de depresión, ansiedad y estrés, comparables a otras formas de ejercicio, pero inferiores a tratamientos psicológicos establecidos como la TCC. Puede ser un complemento útil, especialmente para quien no quiere o no puede acceder a psicoterapia, pero no debe presentarse como alternativa a tratamientos de primera línea para trastornos mentales diagnosticados.

Hipertensión arterial

Un metaanálisis de 2025 que incluyó 30 ensayos clínicos (2.283 participantes) con prehipertensión o hipertensión encontró reducciones de presión arterial con yoga:

  • Presión sistólica: -7,95 mmHg (IC 95%: -10,24 a -5,66)
  • Presión diastólica: -4,93 mmHg (IC 95%: -6,25 a -3,60)

Estos números parecen impresionantes, pero hay varios asteriscos. Primero, la comparación fue principalmente contra grupos en lista de espera (sin tratamiento), no contra otros ejercicios o fármacos antihipertensivos. Segundo, la calidad de la evidencia fue calificada como muy baja según criterios GRADE. Tercero, la heterogeneidad entre estudios fue considerable.

Conclusión pragmática: el yoga puede contribuir modestamente al control de la presión arterial como parte de cambios en el estilo de vida, pero no sustituye la medicación antihipertensiva cuando está indicada.

Equilibrio y movilidad en adultos mayores

Un tercio de los adultos mayores de 65 años sufre al menos una caída al año. El ejercicio que desafía el equilibrio es una intervención probada para prevenir caídas. ¿Encaja el yoga aquí?

Un metaanálisis de 2016 en Age and Ageing analizó 6 ensayos con 307 participantes mayores de 60 años y encontró:

  • Equilibrio: Efecto pequeño (Hedges’ g = 0,40)
  • Movilidad física: Efecto moderado (Hedges’ g = 0,50)

Sin embargo, un ensayo clínico reciente publicado en The Lancet Healthy Longevity (2025) diseñado específicamente para evaluar si un programa de yoga Iyengar previene caídas fue negativo: el yoga no redujo significativamente las caídas comparado con un programa de relajación sentada. Los autores concluyeron que el programa de yoga en su forma actual no debería recomendarse para prevención de caídas.

Esto ilustra una distinción importante: mejorar el equilibrio en una prueba de laboratorio no garantiza que se prevengan caídas en la vida real. Para prevención de caídas, las guías clínicas recomiendan programas específicos de equilibrio y fuerza (como el programa Otago), no yoga de forma genérica.

Función cognitiva

Un metaanálisis sobre yoga y cognición encontró un efecto moderado (g = 0,33) en ensayos clínicos, con efectos más pronunciados en atención y velocidad de procesamiento (g = 0,29), seguidos de función ejecutiva (g = 0,27) y memoria (g = 0,18). Sin embargo, los autores advierten sobre las limitaciones: muestras pequeñas, poblaciones heterogéneas, dosis variables de yoga y multitud de tests cognitivos diferentes.

La evidencia es insuficiente para recomendar yoga específicamente para prevenir deterioro cognitivo o demencia.


Lo que la ciencia NO dice

Esta sección es quizá la más importante del artículo. El marketing del yoga hace afirmaciones que la ciencia no respalda:

“El yoga desintoxica el cuerpo”

No existe ningún mecanismo fisiológico por el cual las posturas de yoga “eliminen toxinas”. El hígado y los riñones se encargan de la detoxificación. Sudar en una clase de Bikram yoga no “limpia” nada que el cuerpo no elimine por sí mismo.

“El yoga rejuvenece las células / activa la autofagia / alarga los telómeros”

Algunos estudios preliminares han medido marcadores como longitud telomérica o expresión de genes relacionados con inflamación antes y después de intervenciones de yoga. Estos estudios tienen múltiples limitaciones: muestras pequeñísimas, falta de grupos control adecuados, marcadores subrogados de significado clínico incierto. No hay evidencia de que el yoga “rejuvenezca” nada a nivel celular de forma clínicamente significativa.

“El yoga es mejor que otros ejercicios”

Para la mayoría de indicaciones, el yoga es comparable a otros tipos de ejercicio, no superior. La revisión Cochrane sobre dolor lumbar lo dice explícitamente: probablemente hay poca diferencia entre yoga y otros ejercicios de espalda. Si alguien prefiere correr, nadar o hacer entrenamiento de fuerza, no hay razón científica para cambiar al yoga.

“El yoga es completamente seguro”

Aunque el yoga es generalmente seguro, no está libre de riesgos (ver sección siguiente). La idea de que “es suave y natural, no puede hacer daño” es incorrecta.

“Cualquier tipo de yoga da igual”

Los estudios clínicos usan programas de yoga específicos, estructurados, impartidos por profesionales cualificados y adaptados a la población objetivo. Extrapolar esos resultados a cualquier clase de yoga es arriesgado. El “yoga” de un estudio sobre dolor lumbar no es el mismo que el hot yoga de un gimnasio.


Seguridad y efectos adversos

Una revisión sistemática de estudios epidemiológicos (2017) encontró que:

  • La prevalencia de efectos adversos a lo largo de la vida entre practicantes de yoga oscila entre el 21% y el 62%.
  • Los efectos adversos graves ocurrieron en aproximadamente el 2% de los practicantes.
  • La incidencia durante una clase fue del 22,7%, aunque la mayoría fueron molestias leves y transitorias.

Las lesiones más frecuentes afectan al sistema musculoesquelético (35%), seguido del sistema nervioso (18%) y los ojos (12%). Las posturas más asociadas a lesiones son la postura sobre la cabeza (sirsasana), la postura sobre los hombros (sarvangasana) y variantes de la posición del loto.

Factores de riesgo identificados incluyen: condiciones médicas preexistentes (glaucoma, osteoporosis), esfuerzo excesivo, entrenamiento inadecuado del instructor y desconocimiento de las propias limitaciones físicas.

Mensaje práctico: El yoga es razonablemente seguro para personas sanas, pero no está exento de riesgos. Quienes tengan condiciones médicas crónicas deberían consultar con un profesional de salud antes de comenzar y elegir clases adaptadas a sus limitaciones.


Conclusión

El yoga es una forma legítima de ejercicio mente-cuerpo con beneficios modestos pero reales, respaldados por evidencia científica de calidad variable. Para dolor lumbar crónico, la evidencia es razonablemente sólida aunque las mejoras son pequeñas y comparables a otros ejercicios. Para salud mental, puede ser un complemento útil pero no sustituye tratamientos de primera línea. Para equilibrio en mayores, mejora parámetros de laboratorio pero su efecto sobre caídas reales es incierto.

¿Para quién tiene sentido?

  • Personas que buscan una actividad física accesible que combine movimiento, respiración y relajación.
  • Quienes prefieren ejercicio en grupo con un componente comunitario.
  • Como complemento (no sustituto) del manejo de dolor lumbar, estrés o síntomas leves de ansiedad/depresión.
  • Adultos mayores que buscan mejorar flexibilidad y equilibrio, siempre que elijan clases adaptadas.

¿Qué alternativas tienen mejor o igual evidencia?

  • Para dolor lumbar: fisioterapia, ejercicios específicos de espalda, pilates.
  • Para depresión/ansiedad moderada-severa: terapia cognitivo-conductual, tratamiento farmacológico cuando esté indicado.
  • Para prevención de caídas: programas específicos de equilibrio y fuerza (como Otago).
  • Para salud cardiovascular: cualquier forma de ejercicio aeróbico regular.

El yoga no es ni el milagro que promete el marketing ni una práctica pseudocientífica. Es, sencillamente, una forma más de hacer ejercicio —con sus ventajas (componente de relajación, accesibilidad, bajo coste) y sus limitaciones (evidencia modesta, no superior a alternativas más simples)—. La decisión de practicarlo debería basarse en preferencias personales, no en promesas infladas.


Bibliografía

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Etiquetas: yoga, ejercicio, dolor-lumbar, ansiedad, depresion, equilibrio, adultos-mayores, evidencia-limitada

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Dr. Ricardo Villanueva Garcia

Llevar una vida sana es importante para vivir bien y con felicidad. Alimentarse correctamente, practicar alguna actividad física y mental, tener amistades desarrollar actividades sociales, no estresarse y dormir de 8 a 9 horas diarias. Es todo el "secreto" para vivir más y mejor.
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