El término «conspiritualidad» describe la fusión entre comunidades de bienestar y espiritualidad New Age con el pensamiento conspiranoico y, en su deriva más grave, con ideologías de extrema derecha. La pandemia de COVID-19 actuó como catalizador y acelerador de un proceso que la investigación psicológica lleva una década documentando: las creencias conspirativas se asocian de forma robusta con el rechazo a la vacunación, la erosión de la confianza institucional y el apoyo a la violencia política. Lo que el libro Conspirituality (Beres, Remski y Walker, 2023) y la literatura académica revelan no es una anécdota de yoguis con sombreros de papel de aluminio: es un análisis del modo en que ciertos espacios diseñados para ofrecer calma, sentido y comunidad pueden, paradójicamente, preparar el terreno cognitivo para la sumisión a líderes carismáticos y para el rechazo sistemático de la evidencia científica. La vigilancia intelectual no puede relajarse ni en los oasis.
El algoritmo de Instagram no inventó el problema
En algún momento de la primavera de 2020, algo extraño empezó a ocurrir en las redes sociales. Instructoras de yoga cuyas publicaciones alternaban posturas de saludo al sol con recetas de smoothies verdes comenzaron a compartir vídeos sobre microchips en vacunas, camarillas globalistas y satanismo pediátrico de élite. El fenómeno fue tan rápido y tan masivo que resultó incomprensible para quien no hubiera seguido de cerca la trayectoria previa de esos espacios. Era como ver a tu dietista favorita abrazar el terraplanismo en directo, con filtros de Instagram incluidos.
Matthew Remski, investigador canadiense especializado en dinámicas de culto y coautor de Conspirituality: How New Age Conspiracy Theories Became a Health Threat (PublicAffairs, 2023), lleva años advirtiendo de que la pandemia no creó ese movimiento. Lo aceleró. El caldo de cultivo llevaba décadas cocinándose en el mundo del bienestar alternativo, y la ciencia psicológica ofrece razones bastante sólidas para entender por qué.
Esto no es un artículo sobre yoguis excéntricos. Es un artículo sobre cómo funcionan las creencias conspirativas en el cerebro humano, qué vulnerabilidades las facilitan y por qué determinadas estructuras comunitarias —independientemente de si las llaman centro de yoga, iglesia evangélica o comunidad de «medicina cuántica»— ofrecen el suelo perfecto para que arraiguen ideologías que acaban siendo peligrosas para la salud pública y la democracia.
Qué es la conspiritualidad y por qué no es solo una rareza pintoresca
El neologismo conspirituality fue acuñado por los académicos Charlotte Ward y David Voas en un artículo de 2011 publicado en Journal of Contemporary Religion. Describían una cosmovisión híbrida con dos componentes: la convicción de que una élite secreta controla el mundo (pensamiento conspirativo) y la creencia en un despertar espiritual colectivo inminente (pensamiento New Age). Lo que en 2011 era un fenómeno marginal, en 2020 se había convertido en un problema de salud pública con consecuencias medibles en tasas de vacunación, en desinformación masiva y en la inquietante cercanía entre ciertos sectores del wellness y movimientos de extrema derecha.
El mecanismo de fusión es más coherente de lo que parece. Ambos sistemas de creencia comparten una arquitectura casi idéntica: el mundo ordinario es una ilusión o una mentira; existe una verdad oculta que solo algunos elegidos alcanzan; esa revelación otorga identidad, comunidad y propósito. La transición de «he despertado espiritualmente» a «he despertado a las conspiraciones del poder» no requiere cruzar una brecha cognitiva especialmente grande. Es más bien dar un pequeño paso lateral en el mismo territorio mental.
Qué dice la evidencia
La psicología de las creencias conspirativas: ya no es territorio marginal
La investigación psicológica sobre teorías de la conspiración ha experimentado una explosión en la última década. Una revisión publicada en Nature Reviews Psychology en 2023 por Hornsey y colaboradores sintetiza la literatura y señala que más de la mitad de los artículos académicos sobre el tema se han publicado desde 2019. Los hallazgos son llamativamente consistentes.
Las creencias conspirativas no son un fenómeno exclusivo de los extremos políticos. Una encuesta de 2.021 adultos estadounidenses que examinó 39 teorías conspirativas distintas, publicada en Scientific Reports en 2023, encontró que los predictores más sólidos son rasgos de personalidad como la tríada oscura (narcisismo, maquiavelismo, psicopatía) y visiones del mundo populistas o antisistema, más que la ideología de izquierdas o derechas en sí misma. El populismo —entendido como «el pueblo puro frente a la élite corrupta»— aparece como el vector más potente. Lo cual explica por qué el fenómeno afecta tanto a izquierdas como a derechas y, especialmente, a ciertos sectores progresistas que nunca se verían a sí mismos cerca de ningún extremismo.
La ansiedad y el malestar psicológico son facilitadores poderosos. Un estudio multipaís publicado durante la pandemia encontró que mayores niveles de depresión se asociaban con mayor adhesión a teorías conspirativas en seis de ocho países analizados. Esto tiene implicaciones directas para entender quién llega al mundo del bienestar alternativo con necesidades no resueltas: personas con enfermedades crónicas, con frustraciones reales ante un sistema sanitario saturado y despersonalizado, con sentimientos legítimos de desamparo institucional. Llegan buscando escucha. A veces encuentran mucho más de lo que pedían.
Tres necesidades psicológicas que el conspiracionismo satisface a la vez. La revisión de Hornsey et al. identifica tres motivaciones que subyacen a las creencias conspirativas: necesidad de comprensión y certeza (el mundo caótico tiene una causa intencional y, por tanto, comprensible), necesidad de seguridad y control, y necesidad de una identidad positiva y única. El conspiracionismo satisface las tres de un golpe. Y, notable coincidencia, las comunidades espirituales alternativas también. De ahí la afinidad electiva.
Las estructuras de culto como preparación cognitiva
Aquí es donde el análisis de Remski resulta más incómodo y, precisamente por eso, más útil. Su trabajo previo —Practice and All is Coming (2019)— documentó sistemáticamente cómo determinadas estructuras del yoga moderno replican dinámicas de culto: liderazgo carismático incuestionable, control epistémico del tipo «el gurú sabe lo que tú no puedes entender todavía», creación de identidad grupal basada en la pureza y la diferencia respecto al «exterior», y penalización del escepticismo interno. Quien haya practicado en ciertos centros —o conocido a alguien que lo haya hecho— reconocerá sin dificultad el patrón.
La revisión académica del libro publicada en Project MUSE (2024) señala que los autores documentan cómo el capitalismo ha transformado la industria del yoga en una estructura de trabajadores altamente precarios —los instructores— dependientes de su audiencia digital para subsistir. En ese contexto, la radicalización conspirativa no es solo ideología: es también un modelo de negocio. Un influencer que normaliza el escepticismo frente a las instituciones, y que simultáneamente vende suplementos, retiros y «tratamientos alternativos», tiene un incentivo económico muy concreto para erosionar la confianza en la medicina convencional. El conflicto de interés que aplicamos a los estudios financiados por la industria farmacéutica aplica aquí con idéntica lógica.
El diagnóstico correcto, el tratamiento equivocado
Uno de los análisis más lúcidos de Conspirituality —y de la investigación psicológica en general— es que la conspiritualidad acierta en el diagnóstico y falla estrepitosamente en el tratamiento. Las críticas al capitalismo farmacéutico, a los excesos de la industria alimentaria, a la deshumanización de los sistemas sanitarios saturados, a la brecha entre ciencia corporativa e interés público, son en muchos casos perfectamente legítimas. El problema es que el salto de esa crítica fundada al pensamiento mágico y paranoico es el camino más corto hacia la impotencia política y el daño individual, no el más largo.
Un estudio publicado en International Journal of Environmental Research and Public Health (2021) documentó durante la pandemia que la adhesión a teorías conspirativas se correlacionaba positivamente con la «simpatía hacia la radicalización violenta» en jóvenes adultos. Las creencias conspirativas no son un entretenimiento intelectual inocente. Tienen consecuencias conductuales medibles y, en sus formas más extremas, se convierten en un problema de orden público.
Lo que la ciencia NO dice
No dice que el yoga radicalice
Sería una extrapolación indebida —y un error de bulto— concluir de este análisis que practicar yoga conduce al autoritarismo. La evidencia señala a estructuras organizativas específicas con dinámicas de culto y a incentivos económicos particulares, no a la práctica contemplativa o física en sí misma. Hay centros de yoga que funcionan con pensamiento crítico, pluralismo y ausencia de jerarquías abusivas. La práctica de mindfulness tiene respaldo científico sólido para determinadas condiciones psicológicas, independientemente de los excesos del mercado del bienestar que la rodean.
No dice que la espiritualidad sea intrínsecamente peligrosa
La necesidad de sentido, comunidad y trascendencia es una constante antropológica que no va a desaparecer porque los neurocientíficos publiquen papers. Lo que el análisis psicológico señala es que esa necesidad puede ser explotada con fines que tienen muy poco de espiritual y bastante de control social y beneficio económico. La diferencia entre una comunidad espiritual saludable y una estructura conspirativa o de culto no está en el objeto de la búsqueda, sino en si el pensamiento crítico es bienvenido o sistemáticamente sancionado.
No dice que toda desconfianza en el sistema sanitario sea irracional
Insistir en esto es importante para no caer en el error contrario. La desconfianza ante la industria farmacéutica tiene bases documentadas: conflictos de interés en publicaciones científicas, sesgos de publicación, ensayos clínicos diseñados para maximizar resultados favorables. Lo que diferencia el escepticismo fundado —el que practicamos aquí— de la conspiritualidad es la disposición a seguir la evidencia allá donde conduzca, incluido cuando contradice las propias creencias previas. El conspiranoico nunca cambia de opinión ante la evidencia. El escéptico honesto, sí.
La paradoja del oasis envenenado
Hay algo profundamente irónico en el fenómeno que describe la conspiritualidad. Personas que llegan a comunidades de bienestar buscando escape del ruido, del estrés y de la sensación de no controlar su vida terminan absorbiendo un sistema de creencias que multiplica el miedo, coloniza la identidad y las convierte en transmisores de desinformación que daña la salud pública. Han ido al balneario y han salido con neumonía.
La investigación de Hornsey et al. en Nature Reviews Psychology concluye que las creencias conspirativas tienen el potencial de minar gobiernos, promover el racismo, encender el extremismo y amenazar los esfuerzos de salud pública. No son una rareza sociológica exótica. Son un vector de daño colectivo con mecanismos psicológicos bien estudiados, financiación capitalista y alcance de masas gracias a las plataformas digitales.
Lo que la evidencia sugiere para quienes trabajamos en divulgación científica o en medicina es sencillo pero exigente: no basta con refutar mentiras. Hay que entender qué necesidades satisfacen esas mentiras —comunidad, sentido, escucha, reconocimiento del sufrimiento, control sobre la propia salud— y ofrecer alternativas que también las satisfagan, sin renunciar a la honestidad intelectual. El cinismo no sirve. La condescendencia tampoco. Y la evidencia, sola, sin empatía, raramente alcanza a quien más la necesita.
La verdad, insiste la ciencia, no es el oasis. Es el mapa para no perderse cuando alguien nos vende uno.
Bibliografía
- Beres D, Remski M, Walker J. Conspirituality: How New Age Conspiracy Theories Became a Health Threat. PublicAffairs, 2023. ISBN: 9781541702981.
- Ward C, Voas D. “The emergence of conspirituality.” Journal of Contemporary Religion. 2011;26(1):103-121. DOI: 10.1080/13537903.2011.539846
- Hornsey MJ et al. “Individual, intergroup and nation-level influences on belief in conspiracy theories.” Nature Reviews Psychology. 2023;2:85-97. DOI: 10.1038/s44159-022-00133-0
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- Remski M. Practice and All is Coming: Abuse, Cult Dynamics, and Healing in Yoga and Beyond. Embodied Wisdom Publishing, 2019.





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