Chico de espaldas en una cocina, con un auricular quitado, mira por la ventana mientras su madre le habla al fondo

Qué dice la ciencia sobre el cerebro adolescente y la voz de su madre

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En junio, el biólogo David Bueno contó en un pódcast que, al llegar a la adolescencia, el cerebro de una hija deja de sentir bienestar con la voz de su madre y la recibe como una amenaza, y que el cambio ocurre en pocos días. El estudio que más se acerca a esa idea, hecho en Stanford con 46 chicos de 7 a 16 años y publicado en 2022, encontró algo parecido y distinto a la vez. Hacia los trece años y medio, las zonas del cerebro que dan valor a lo gratificante pasan a responder más a voces desconocidas que a la materna. La zona de la alarma no cambió con la edad, y los chicos se comportaron igual que las chicas. Es un resultado único, sin réplica conocida, que tampoco permite saber si el giro tarda días o años. Lo que respalda es que la voz de la madre pesa menos frente a la de un extraño. De miedo, ni rastro.

Una palabra sin sentido, dicha por mamá

En una sala de la Universidad de Stanford, varias decenas de madres repitieron unas treinta veces la misma frase absurda: el nombre de su hijo seguido de una palabra inventada, algo como «keebudieshawlt». Les pidieron el tono de quien enseña algo a su hijo en un museo y lo está pasando bien.

Recortaron la palabra, la igualaron con la que habían grabado dos mujeres desconocidas y se la pusieron a 46 chicos de 7 a 16 años, tumbados en un escáner que registra qué zonas del cerebro trabajan más. Al salir, reconocieron a su madre en menos de un segundo de grabación 98 veces de cada 100. El oído era igual de fino a los 7 que a los 16. Lo que cambiaba estaba en otra parte, y el equipo de Daniel Abrams y Vinod Menon lo publicó en 2022.

En junio de este año, El Periódico recogió otra versión de esa historia, contada por el biólogo David Bueno en un pódcast. Según Bueno, cuando una niña llega a la adolescencia y oye a su madre, su cerebro deja de sentir bienestar y activa la alarma «en modo amenaza», y el cambio ocurre «en muy pocos días». La entrevista no dice de qué estudio sale. La intuición apunta en la buena dirección; el detalle se le escapa.

Tres zonas, y la que no se movió

Bueno señala tres zonas que se transforman en la adolescencia. La amígdala, un par de núcleos con forma de almendra que hacen de alarma ante lo que puede ser un peligro. La corteza prefrontal, la parte que queda detrás de la frente y que planifica y frena los impulsos. Y el circuito de recompensa, unas zonas profundas que hacen que algo nos resulte agradable y nos empujan a buscarlo otra vez.

En 2011, el neuroanatomista croata Zdravko Petanjek y su equipo contaron los puntos de contacto entre neuronas de esa zona en cerebros donados, de recién nacidos a personas de 91 años. Esos contactos se multiplican en la infancia y luego el cerebro elimina una parte considerable, como quien poda un árbol, durante toda la veintena. Que esta zona madura tarde se sabe con bastante seguridad, y es lo más firme del relato de Bueno.

El cruce de los trece años y medio

En el experimento de Stanford, la voz de la madre activó la amígdala, y la de una desconocida también. Comparadas las dos, la edad no cambió nada en esa zona.

El giro estaba en otro sitio. En los niños de 7 a 12 años, la voz materna encendía más que la de una extraña dos zonas: una del circuito de recompensa y otra, en la parte baja de la frente, que pesa cuánto nos importa alguien. En los de 13 a 16 ocurría lo contrario. Si se ordena a los participantes por edad, la balanza cambia de lado hacia los trece años y medio. No lo explicaba el timbre de cada madre, y el patrón se repitió en chicas y en chicos.

Hacia los trece años y medio, la voz de una desconocida empieza a valer más que la de la madre.

Con la edad, las zonas que dirigen la atención hacia lo importante respondieron más a todas las voces, también a la materna. El cerebro del adolescente le hacía más caso a su madre que a los diez años, y la encontraba menos gratificante que a cualquier voz nueva. Los autores lo leen como una preparación para la independencia, idea razonable que el escáner no puede demostrar.

Con la edad, el cerebro atendía más a todas las voces, también a la de la madre.

El hallazgo es provisional. Son 46 chicos sanos, que vivían con su madre y puntuaban por encima de la media en las pruebas de inteligencia, y no consta que nadie lo haya repetido. Además, cada uno pasó por el escáner una sola vez: el estudio compara a niños de distintas edades en lugar de seguir a los mismos durante años, así que dice a qué edad cambia la preferencia y no si el cambio tarda una semana o tres años.

El acelerador que va por delante del freno

Detrás de las tres zonas hay una teoría con casi dos décadas de éxito, la del doble sistema, que defendieron entre otros los psicólogos Laurence Steinberg y B. J. Casey. El circuito de recompensa madura pronto y la corteza prefrontal tarde; durante unos años el acelerador va por delante del freno, y de ese desfase saldrían la temeridad y las borracheras.

Contarla es más fácil que probarla. En 2019, Samuel Meisel y su equipo de la Universidad de Buffalo señalaron que casi todos los estudios que decían confirmarla medían acelerador y freno por separado y en un solo momento, cuando la teoría habla de la distancia entre ambos a lo largo de los años. Luego hicieron la prueba con 387 chicos del estado de Nueva York, seguidos cada año de los 12 a los 20. Entre los 12 y los 14 midieron cuánto se apresuraban cuando un juego daba puntos y cuánto les costaba frenar un gesto ya empezado; después anotaron cuánto bebían y cuánto cannabis fumaban.

La distancia entre acelerador y freno no sirvió para prever quién bebía o fumaba más, y a los 14 años el freno ya iba por delante, justo cuando la teoría esperaba la máxima distancia. Es una sola muestra, con pruebas de laboratorio, y la teoría queda en pie como hipótesis sin demostrar.

Con el método adecuado, la distancia entre acelerador y freno no predijo quién bebía más.

Lo que la ciencia NO dice

La madre convertida en amenaza tiene atractivo porque explica los portazos. El estudio que más se le parece no la encontró: con la edad cambió el valor que el cerebro da a esa voz, no la alarma.

Tampoco hay forma de saber que el cambio ocurra «en muy pocos días». Un estudio que pasa a cada chico una sola vez por el escáner no mide velocidades, y no conozco ninguno que lo haya hecho. El relato de la niña y su madre deja además fuera a la mitad de la muestra: en Stanford, los chicos cambiaron igual que las chicas.

Bueno añadía que pesa más en el cerebro de un adolescente el tiempo que sus padres pasan con el móvil delante de él que las horas que él dedica al suyo. Lo más cercano que he encontrado es una encuesta a chicos estadounidenses de 10 a 20 años que publicaron en 2018 Laura Stockdale y su equipo. Los que sentían que sus padres cortaban las conversaciones para mirar el teléfono contaban más ansiedad y más síntomas de depresión, igual que los que reconocían hacerlo ellos. No midió horas ni cerebros, ni compara qué pesa más. Además, admite la lectura inversa: un chico deprimido quizá note menos cariño y más pantalla en casa sin que la pantalla lo haya deprimido. Lo de Bueno puede ser una apuesta razonable, todavía sin respaldo.

Lo que vale una voz a los catorce

Para cambiar esta conclusión haría falta seguir a los mismos chicos durante años y medir también la voz del padre, que el estudio de Stanford dejó fuera. Si un trabajo así viera dispararse la alarma con la voz de la madre, la versión del pódcast tendría razón y este artículo no.

Con lo que hay, el silencio de un hijo de catorce años en la mesa no prueba que su madre le moleste. En el estudio que mejor lo ha mirado, su cerebro registraba esa voz con más intensidad que a los diez años y la premiaba menos que la de cualquier desconocida.

Seguirá oyéndola. A esa edad, el premio está en las voces que todavía no conoce.

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Bibliografía

  1. Abrams DA, Mistry PK, Baker AE, Padmanabhan A, Menon V. “A Neurodevelopmental Shift in Reward Circuitry from Mother’s to Nonfamilial Voices in Adolescence.” J Neurosci. 2022;42(20):4164-4173. PubMed · DOI
    Cifras: n = 46 (29 varones, 17 mujeres), diseño transversal con RMf; 24 niños de 7-12 años (media 10,2) y 22 adolescentes de 13-16 (media 15,0); CI total medio 119 y 116. Identificación de la voz materna: 97,7 % de acierto, sin relación con la edad (R = 0,09; p = 0,54). Contraste [voces no familiares − voz materna]: aumento con la edad en núcleo accumbens izquierdo y corteza prefrontal ventromedial derecha; cruce de preferencia a los 13,8 y 13,5 años. Amígdala activada por ambas voces frente a sonidos ambientales, sin efecto de la edad en el contraste madre frente a desconocida. Aumento con la edad en ínsula anterior y cingulado anterior dorsal (red de saliencia) para ambas voces. Sin diferencias por sexo (p > 0,15). Validación cruzada: R ≥ 0,34; p ≤ 0,006.
  2. Petanjek Z, Judaš M, Šimić G, Rašin MR, Uylings HBM, Rakic P, Kostović I. “Extraordinary neoteny of synaptic spines in the human prefrontal cortex.” Proc Natl Acad Sci USA. 2011;108(32):13281-13286. PubMed · DOI
    Cifras: densidad de espinas dendríticas (Golgi) en neuronas piramidales de las capas IIIC y V de la corteza prefrontal dorsolateral (área 9), en cerebros de 0 a 91 años; la eliminación sustancial de espinas continúa a lo largo de la tercera década antes de estabilizarse.
  3. Meisel SN, Fosco WD, Hawk LW, Colder CR. “Mind the gap: A review and recommendations for statistically evaluating Dual Systems models of adolescent risk behavior.” Dev Cogn Neurosci. 2019;39:100681. PubMed · DOI
    Cifras: 387 familias, 9 oleadas anuales (edad media 12,1 a 20,4 años), pérdida del 9,6 %. Inhibición: stop signal task; sensibilidad a la recompensa: PSRTT-CR, ambas a los 12-14 años. Modelo de puntuaciones de diferencia latente: pendiente media del desequilibrio −0,47 (p < 0,001); covarianzas entre intercepto y pendiente del desequilibrio y consumo de alcohol y cannabis de 13 a 20 años, no significativas. Modelo de mixtura de crecimiento: dos clases (11 % y 89 %), ambas con control inhibitorio superior a la sensibilidad a la recompensa a los 14 años; pertenencia a clase sin asociación con el consumo.
  4. Stockdale LA, Coyne SM, Padilla-Walker LM. “Parent and child technoference and socioemotional behavioral outcomes: A nationally representative study of 10- to 20-year-old adolescents.” Comput Human Behav. 2018;88:219-226. DOI
    Cifras: muestra nacional representativa de EE. UU., 10-20 años, medidas de percepción del adolescente. La tecnointerferencia parental percibida se asoció con más ansiedad, depresión, ciberacoso y conducta prosocial, con mediación de la calidez parental percibida; la del propio adolescente no se relacionó con la calidez percibida, pero sí con más ansiedad, depresión y ciberacoso y con menos conducta prosocial y compromiso cívico.
  5. Galván A, Hare TA, Parra CE, Penn J, Voss H, Glover G, Casey BJ. “Earlier development of the accumbens relative to orbitofrontal cortex might underlie risk-taking behavior in adolescents.” J Neurosci. 2006;26(25):6885-6892. PubMed · DOI
  6. Strang NM, Chein JM, Steinberg L. “The value of the dual systems model of adolescent risk-taking.” Front Hum Neurosci. 2013;7:223. PMC · DOI
  7. Nelson EE, Jarcho JM, Guyer AE. “Social re-orientation and brain development: an expanded and updated view.” Dev Cogn Neurosci. 2016;17:118-127. PubMed · DOI

Dr. Ricardo Villanueva

Dr. Ricardo Villanueva

Médico de urgencias hospitalarias. Escribe sobre salud, evidencia científica y lo que de verdad ayuda, sin promesas milagrosas. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.

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