Una noticia del 27 de octubre de 2026 asegura que quien llora viendo una película tiene un cerebro más inteligente y que las lágrimas bajan el cortisol. No cita un estudio ni nombra a un experto. Lo que sí se ha investigado cuenta otra historia. En el laboratorio, quien llora con un drama sale peor de lo que entró, recupera su ánimo en unos veinte minutos y hora y media después dice sentirse algo mejor que antes; son indicios de estudios pequeños, no certezas. El cortisol no cambia por haber llorado. En la vida diaria, solo uno de cada tres llantos deja mejor ánimo, y el alivio parece depender de quién está al lado. Llorar con una película es normal y no hace daño. No mide la inteligencia ni la fortaleza de nadie, y la química que se le atribuye está bastante peor demostrada de lo que el titular deja ver.
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La luz se enciende demasiado pronto
Suben los créditos y alguien, dos filas más adelante, se pasa la manga por los ojos y finge buscar el móvil. En el sofá de casa el gesto es idéntico, solo que sin testigos. Casi todos hemos llorado alguna vez por gente que no existe.
El 27 de octubre, una noticia tituló que esas lágrimas delatan un cerebro más inteligente. Según el texto, la película libera oxitocina, las neuronas espejo nos hacen sentir el dolor ajeno y el llanto rebaja el cortisol. El artículo no nombra a ningún experto ni enlaza un solo estudio.
Sobre para qué sirven las lágrimas emocionales circulan dos ideas. La de siempre dice que llorar descarga. La otra, que el llanto funciona sobre todo hacia fuera, como señal de que uno necesita a alguien. El grupo de Ad Vingerhoets, en la Universidad de Tilburg, lleva años poniendo a prueba las dos con un recurso barato: sentar a gente delante de una película triste y medir qué pasa.
Peor al salir, mejor a la hora y media
En 2015, el psicólogo croata Asmir Gračanin y sus colegas pusieron una película emotiva a 60 estudiantes y anotaron quién lloraba. Lloraron 28; los otros 32, no. Les preguntaron cómo se sentían antes de empezar, nada más terminar, a los 20 minutos y a los 90.
Quienes no lloraron salieron igual que entraron. Quienes lloraron salieron peor. A los veinte minutos habían vuelto a su punto de partida, y a la hora y media decían sentirse algo mejor que antes de sentarse.
Quienes lloraron salieron de la película peor de lo que entraron. Hora y media después decían sentirse algo mejor que antes de empezar.
El hallazgo deshace una contradicción vieja. Cuando a la gente se le pregunta por su último llanto, la mayoría recuerda alivio; en el laboratorio, medido en el momento, llorar casi siempre empeora el ánimo. Las dos cosas pueden ser ciertas si el alivio llega tarde. Con 60 estudiantes, y sin poder sortear quién llora y quién no, es un indicio y poco más.
El cortisol no se enteró
La noticia da por hecho que llorar reduce el cortisol. Un equipo de la Universidad de Queensland lo puso a prueba con 197 universitarias, en un trabajo publicado en 2020. Las sortearon: unas vieron vídeos muy tristes y otras, vídeos neutros. Después todas metieron la mano en agua casi helada tanto como aguantaron, y les tomaron saliva en cuatro momentos para medir esa hormona.
Las que lloraron no resistieron más tiempo con la mano en el agua. Su cortisol se comportó igual que el de las demás. Lo único que apareció fue más fino: el corazón de quienes iban a llorar se frenaba justo antes de las lágrimas y recuperaba su ritmo durante el llanto, y su respiración se mantenía más estable. Los autores lo leen como una forma del cuerpo de mantenerse en equilibrio, idea razonable y sin confirmar.
Casi doscientas mujeres, sorteadas, con la saliva analizada cuatro veces: el cortisol no cambió por haber llorado.
Eran mujeres jóvenes, y una mano en agua helada no es un disgusto de verdad. Pero midieron justo lo que el titular afirma sin pruebas.
Uno de cada tres
El laboratorio tiene un límite evidente: nadie llora en su vida como llora delante de una pantalla con un investigador al lado. En 2011, un equipo encabezado por la psicóloga Lauren Bylsma pidió a 97 mujeres un diario de su ánimo y de cada llanto durante semanas. Reunieron 1.004 llantos.
Solo uno de cada tres fue seguido de mejor ánimo. Los días de llanto, además, venían precedidos y seguidos de días peores. Cuando llorar sí aliviaba, el entorno pesaba mucho: quién estaba presente y cómo respondía.
En el diario de 97 mujeres, con más de mil llantos anotados, solo uno de cada tres fue seguido de mejor ánimo.
En 2023, Gračanin revisó lo publicado sobre lágrimas y ánimo: el efecto directo del llanto aparece en unos estudios y en otros no, y la prueba más firme de alivio viene de la respuesta de los demás. Las lágrimas se parecen más a una llamada que a una válvula.
Un drama, una pared y un grupo de desconocidos
Un estudio sí apunta a una química del drama. En 2016, el equipo del psicólogo Robin Dunbar, en Oxford, reunió voluntarios en grupos de desconocidos. Unos vieron Stuart: A Life Backwards, un telefilme durísimo sobre la vida de un hombre sin hogar; otros, documentales sin carga emocional. Antes y después hicieron la sentadilla contra la pared, con la espalda apoyada como en una silla invisible, hasta que el dolor los obligó a parar.
Según la nota de la propia universidad, quienes vieron el drama aguantaron de media un 13 % más que la primera vez; los de los documentales, algo menos. Y se sentían más unidos a su grupo. Dunbar lo atribuye a las endorfinas, los analgésicos que fabrica el propio cuerpo.
Nadie midió endorfinas: el aguante frente al dolor sirve para suponerlas, porque medirlas exigiría un escáner o una punción lumbar. Y lo que el estudio relaciona con ese aguante es la intensidad de la emoción, no las lágrimas.
Lo que la ciencia NO dice
No dice que llorar en el cine sea señal de inteligencia. La noticia no cita ningún estudio que lo relacione, y no he encontrado ninguno. Lo más cercano es una escala que el grupo de Tilburg validó en 2014 con casi 5.000 holandeses: quienes tienen más tendencia a llorar puntúan más alto en empatía en los cuestionarios. Esa relación no dice qué causa qué, y la empatía tampoco es inteligencia.
La noticia no cita un solo estudio que relacione llorar en el cine con la inteligencia, y no he encontrado ninguno.
Tampoco dice que sea señal de fortaleza ni de salud mental. En un estudio de 2001 con 104 adultos, las mujeres que más lloraban puntuaban más bajo en estabilidad emocional. En otro de 2008, pequeño y preliminar, las personas con trastornos del ánimo se sentían menos aliviadas tras llorar que las demás. Llorar mucho no convierte a nadie en sano ni en enfermo.
La oxitocina, una hormona que interviene en el parto, la lactancia y el apego, llega al titular por un estudio de 2009 del neuroeconomista Paul Zak: tras ver un vídeo emotivo de un hospital infantil, sentir empatía se asociaba a una subida del 47 % de la oxitocina en sangre. En 2013, el psicólogo Michael McCullough y dos colegas concluyeron que los métodos comerciales más usados desde 2004 para medirla en sangre daban cifras poco fiables. No examinaron el estudio de Zak en concreto, pero su revisión obliga a leer con cautela la literatura de esa época.
Las neuronas espejo, células que se activan tanto al hacer un gesto como al ver a otro hacerlo, se describieron en monos a principios de los noventa. Que nos permitan sentir en el cuerpo el dolor del protagonista es una hipótesis discutida; el neurocientífico Gregory Hickok publicó en 2009 una crítica muy citada de su papel en la comprensión de lo que hacen los demás. Y la «suspensión voluntaria de la incredulidad» que la noticia presenta como concepto psicológico es una fórmula del poeta Samuel Taylor Coleridge, de 1817.
Lo que dice una lágrima
Llorar con una película es normal, el bajón dura un rato y en algunas personas lo sigue una mejoría pequeña. La inteligencia y la fortaleza que promete el titular no aparecen en ningún estudio.
Mi lectura, que es opinión y no dato, es que el alivio depende más de la mano que se apoya en el hombro que de cualquier molécula. Para saberlo harían falta estudios con más gente, de todas las edades y fuera de las aulas, que siguieran el ánimo durante horas.
Hasta entonces, la lágrima en el cine dice que la historia funcionó. Del cerebro de quien la derrama, nada.
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Bibliografía
- Gračanin A, Vingerhoets AJJM, Kardum I, Zupčić M, Šantek M, Šimić M. “Why crying does and sometimes does not seem to alleviate mood: a quasi-experimental study.” Motivation and Emotion. 2015. DOI
Cifras: 60 estudiantes; 28 lloraron y 32 no. Ánimo medido antes, inmediatamente después, a los 20 y a los 90 minutos. En quienes lloraron, aumento del ánimo negativo inmediato, vuelta a la línea basal a los 20 minutos y mejoría respecto a la basal a los 90; sin cambios en quienes no lloraron. La frecuencia de llanto no predijo cambios adicionales. - Sharman LS, Dingle GA, Vingerhoets AJJM, Vanman EJ. “Using crying to cope: physiological responses to stress following tears of sadness.” Emotion. 2020;20(7):1279-1291. PubMed · DOI
Cifras: N = 197 universitarias asignadas al azar a vídeo triste o neutro; tres grupos (lloraron, vídeo triste sin llanto, vídeo neutro). Sin diferencias entre grupos en el tiempo de tolerancia a la prueba de agua fría ni en la evolución del cortisol salival (cuatro muestras). Desaceleración de la frecuencia cardiaca justo antes del llanto, con vuelta a la basal durante el primer periodo de llanto. - Bylsma LM, Croon MA, Vingerhoets AJJM, Rottenberg J. “When and for whom does crying improve mood? A daily diary study of 1004 crying episodes.” Journal of Research in Personality. 2011;45(4):385-392. DOI
Cifras: 97 mujeres, 1.004 episodios de llanto registrados en diario. Un tercio de los episodios seguido de mejoría del ánimo referida. Peor ánimo antes y después de los episodios; el beneficio, cuando aparece, se asocia al entorno social y a las características afectivas de quien llora. - Dunbar RIM, Teasdale B, Thompson J, Budelmann F, Duncan S, van Emde Boas E, Maguire L. “Emotional arousal when watching drama increases pain threshold and social bonding.” Royal Society Open Science. 2016;3(9):160288. DOI · PMC
Cifras: según la nota de prensa de la Universidad de Oxford (21 de septiembre de 2016), aumento medio del 13,1 % en el tiempo de sentadilla contra la pared tras el drama y descenso del 4,6 % tras los documentales. Umbral de dolor como medida indirecta de endorfinas; no se midieron endorfinas. - Gračanin A. “Tears and mood: intra-individual effects of emotional crying.” Psihologijske teme. 2023;32(3):663-686. DOI
- Denckla CA et al. “Development of the Crying Proneness Scale: associations among crying proneness, empathy, attachment, and age.” Journal of Personality Assessment. 2014;96(6):619-631. Universidad de Tilburg
Cifras: panel holandés, N = 4.916 en la primera medición y 4.874 en la segunda; cuatro factores de propensión al llanto; asociaciones con empatía, apego, edad y sexo en la dirección esperada. - Peter M, Vingerhoets AJJM, van Heck GL. “Personality, gender, and crying.” European Journal of Personality. 2001. DOI
Cifras: 48 hombres y 56 mujeres. En mujeres, todos los índices de llanto se asociaron de forma negativa con la estabilidad emocional; en hombres, solo el llanto por motivos negativos. - Rottenberg J, Cevaal A, Vingerhoets AJJM. “Do mood disorders alter crying? A pilot investigation.” Depression and Anxiety. 2008. DOI
- Barraza JA, Zak PJ. “Empathy toward strangers triggers oxytocin release and subsequent generosity.” Annals of the New York Academy of Sciences. 2009;1167:182-189. PubMed
Cifras: empatía asociada a un aumento del 47 % de oxitocina respecto a la basal; respuesta mayor en mujeres. - McCullough ME, Churchland PS, Mendez AJ. “Problems with measuring peripheral oxytocin: can the data on oxytocin and human behavior be trusted?” Neuroscience and Biobehavioral Reviews. 2013;37(8):1485-1492. PubMed · DOI
- Hickok G. “Eight problems for the mirror neuron theory of action understanding in monkeys and humans.” Journal of Cognitive Neuroscience. 2009;21:1229-1243. DOI
Médico de urgencias hospitalarias. Escribe sobre salud, evidencia científica y lo que de verdad ayuda, sin promesas milagrosas. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.