Un diccionario grueso y gastado abierto sobre una mesa de madera junto a un reloj de arena casi vacío
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A partir de los cincuenta casi todo el mundo nota que el nombre de un actor o la palabra justa tardan más en llegar. Ese olvido suele ser el desgaste esperable de la rapidez mental, que empieza a bajar en la juventud, mientras el vocabulario y el conocimiento acumulado siguen creciendo hasta pasados los sesenta. La demencia es otra cosa: una enfermedad que se incuba durante años antes de dar la cara. Una comisión de The Lancet calculó en 2024 que casi la mitad de los casos del mundo se asocian a catorce factores que se pueden cambiar, la mayoría en la mediana edad: oír mal sin tratarlo, el colesterol alto, la tensión, el tabaco o el sedentarismo. Es una estimación para poblaciones enteras, hecha con estudios que siguen a miles de personas sin intervenir, y no promete nada a nadie. Los ensayos que han intentado cambiar esos hábitos mejoran algo las pruebas de memoria; ninguno ha demostrado todavía menos diagnósticos. Los antiinflamatorios, que encajarían con la idea de que la inflamación empuja la enfermedad, no la previenen.

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Una palabra en la punta de la lengua

En 2015, dos psicólogos estadounidenses, Joshua Hartshorne y Laura Germine, analizaron las pruebas mentales que 48.537 personas de edades muy distintas habían hecho en internet. Querían saber a qué edad rinde más el cerebro. Les salió que depende de para qué.

La rapidez para copiar símbolos con una clave delante tocaba techo hacia los 18 años. La memoria que retiene unas cifras durante unos segundos mejoraba hasta la primera mitad de la treintena y luego empezaba a bajar. Leer una emoción en una mirada alcanzaba su mejor momento entre los 40 y los 60. El vocabulario siguió subiendo hasta el final de los sesenta o el comienzo de los setenta.

Quien a los cincuenta y cinco se queda con el nombre de un actor en la punta de la lengua tiene, según esos datos, más palabras guardadas que nunca. Tarda más en encontrarlas.

El vocabulario sigue creciendo hasta el final de los sesenta, aunque la rapidez mental lleve bajando desde los veinte.

Más despacio, con más palabras

La psicología llama inteligencia fluida a la que resuelve sobre la marcha lo que no se ha visto antes, como sostener varios datos a la vez o dar con la palabra deprisa.

Lo aprendido es terreno de la inteligencia cristalizada: el vocabulario y el olfato para leer una situación porque ya se han vivido otras parecidas. La cifra que se repite en charlas, con un pico de la fluida a los treinta y un techo de la cristalizada hacia los cincuenta o sesenta, se queda corta por los dos lados. La rapidez empieza a ceder antes y el vocabulario sigue sumando después.

Que un nombre tarde en salir y aparezca solo media hora después es lo esperable. Perderse en un trayecto de siempre o repetir la misma pregunta varias veces en una tarde ya pertenece a otro terreno, y merece consulta.

La enfermedad que empieza años antes

En el alzhéimer, el cerebro acumula durante años dos proteínas mal plegadas entre las neuronas y dentro de ellas, mientras la persona sigue funcionando porque el resto del cerebro compensa. Las células de defensa propias del cerebro intentan retirar esos depósitos. Según revisiones recientes, como la que un equipo de la Universidad de Shandong publicó en 2025, cuando la agresión no cesa esas células quedan en un estado de inflamación permanente y dañan a las neuronas que debían proteger.

Hay rastro de eso en personas. Un equipo polaco que reunió en 2024 treinta y siete estudios encontró en quienes tenían alzhéimer más sustancias inflamatorias en la sangre que en personas sin la enfermedad. Que vayan juntas no aclara quién empuja a quién: la inflamación podría alimentar la enfermedad o ser el humo de un cerebro que ya se está dañando. Su participación está bastante establecida; que sea el motor sigue siendo una hipótesis.

Catorce factores, diez de ellos en la mediana edad

La referencia sobre prevención es una comisión de expertos que The Lancet convoca cada pocos años para reunir y pesar lo publicado. En su informe de 2024, el equipo que dirige la psiquiatra Gill Livingston, del University College de Londres, identificó catorce factores que se pueden modificar y calculó que, si desaparecieran, se evitarían o retrasarían unos 45 de cada 100 casos de demencia en el mundo.

El reparto por edades dice más que la lista. Un factor pertenece a la infancia y la juventud: los pocos años de escuela. Tres, a la vejez: el aislamiento social, el aire contaminado y la vista que se pierde sin corregir. Los diez restantes actúan sobre todo desde los cuarenta y tantos hasta los sesenta y cinco: oír mal sin tratarlo, el colesterol alto, la depresión, los golpes en la cabeza, el sedentarismo, la diabetes, el tabaco, la tensión alta, la obesidad y el exceso de alcohol.

Los de más peso, según los cálculos de la comisión, son la pérdida de oído y el colesterol alto, con unos 7 de cada 100 casos cada uno. Los pocos años de escuela y el aislamiento rondan los 5.

Diez de los catorce factores de riesgo actúan sobre todo entre los cuarenta y los sesenta y cinco años.

Cambiar varios a la vez es lo que probó el ensayo estadounidense US POINTER, publicado en 2025: sortearon a 2.111 personas de 60 a 79 años, sedentarias y con otros factores de riesgo, entre dos programas de dos años. El exigente incluía 38 reuniones de grupo, ejercicio pautado, cambios de dieta, entrenamiento mental y control de tensión, azúcar y peso. El otro daba los mismos objetivos y dejaba que cada cual se organizara.

Al terminar, los dos grupos puntuaban mejor que al empezar en pruebas de memoria y otras capacidades mentales, y el del programa exigente algo más. La investigadora principal, Laura Baker, lo comparó con retrasar uno o dos años el reloj del envejecimiento mental. La ventaja es pequeña, aunque creíble, porque el ensayo era grande y estaba bien hecho.

Lo que la ciencia no dice

La frase que más circula, que la mitad de las demencias son evitables, atrae porque devuelve el control. El 45 por ciento sale de estudios que siguieron durante años a miles de personas y anotaron hábitos y diagnósticos. El cálculo da por hecho que cada factor causa la parte de riesgo que se le asocia, y la propia comisión advierte que reducirlos protege a la población sin garantizar que una persona concreta se libre. Quien oye mal quizá también sale y conversa menos, y quien tiene la tensión alta quizá arrastra otras cosas; esos estudios no pueden separar qué pesa de verdad.

El 45 por ciento es un cálculo para poblaciones enteras. La propia comisión que lo hizo advierte que no garantiza nada a nadie en concreto.

Si la inflamación fuera el motor, frenarla debería proteger. La revisión Cochrane que un equipo irlandés y británico publicó en 2020 reunió los cuatro ensayos con aspirina y otros antiinflamatorios que cumplían sus criterios, 23.187 personas en total, y ninguno previno la demencia. La aspirina a dosis baja, tomada casi cinco años, dejó igual el número de diagnósticos y aumentó las hemorragias graves. Con el rofecoxib hubo algo más de casos de alzhéimer que con la pastilla sin nada. La idea de que una pastilla antiinflamatoria proteja el cerebro sale mal parada; la hipótesis de la inflamación sobrevive, porque quizá se trató tarde o contra la diana equivocada.

Cuatro ensayos y 23.187 personas: ni la aspirina ni otros antiinflamatorios previnieron la demencia.

Tampoco el POINTER contó demencias. Midió puntos en pruebas durante dos años, y como no tenía un grupo al que no se le pidiera nada, no permite saber cuánto de la mejora de ambos grupos se debe a los cambios de vida.

Para cambiar la conclusión haría falta un ensayo que siguiera a miles de personas durante diez años o más y contara diagnósticos, no puntos en un test.

Un margen que se juega antes

La lectura práctica cabe en pocas medidas con respaldo razonable: tratar la pérdida de oído en cuanto aparece, vigilar la tensión y el colesterol desde los cuarenta, moverse, no fumar y beber poco. Nadie sabe todavía cuántas demencias evitan en una persona concreta. Ninguna viene en cápsulas, porque entre los catorce factores de la comisión no figura ningún suplemento.

Lo que sigue es opinión mía. Si dentro de diez años los ensayos largos no encuentran menos diagnósticos, el 45 por ciento habrá sido sobre todo un espejismo de los estudios que solo observaban. Apuesto a que no lo será del todo, y a que la tensión y el oído serán lo primero en confirmarse.

La palabra que tarda en llegar a los cincuenta y cinco suele llegar. Lo que decide el resto se ha ido jugando antes, en la cita con el otorrino que se aplazó y en la tensión que nadie se tomaba.

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Bibliografía

  1. Livingston G, Huntley J, Liu KY, Costafreda SG, Selbæk G, Alladi S, et al. “Dementia prevention, intervention, and care: 2024 report of the Lancet standing Commission.” The Lancet. 2024;404(10452):572-628. DOI
    Cifras: 14 factores modificables; en torno al 45 % de los casos de demencia potencialmente prevenibles o retrasables (fracción atribuible poblacional). Pérdida auditiva 7 %; colesterol LDL elevado en la mediana edad 7 %; menos educación 5 %; aislamiento social 5 %; pérdida de visión no tratada 2 %. Los 12 factores del informe de 2020 suman el 40 % y los dos nuevos, el 9 %.
  2. Hartshorne JK, Germine LT. “When does cognitive functioning peak? The asynchronous rise and fall of different cognitive abilities across the life span.” Psychological Science. 2015;26(4):433-443. DOI
    Cifras: 48.537 participantes en línea, más datos normativos de tests estandarizados de CI y memoria. Edad de pico: codificación de símbolos (digit symbol) hacia los 18 años; memoria de trabajo visual hacia los 25; memoria de trabajo numérica, primera mitad de la treintena; reconocimiento de emociones, meseta entre los 40 y los 60; vocabulario, final de los 60 o comienzo de los 70.
  3. Baker LD, Espeland MA, et al.; U.S. POINTER Study Group. “Structured vs Self-Guided Multidomain Lifestyle Interventions for Global Cognitive Function: The U.S. POINTER Randomized Clinical Trial.” JAMA. 2025. DOI
    Cifras: 2.111 participantes de 60 a 79 años, seguimiento de 2 años. Puntuación cognitiva global compuesta: +0,243 DE por año con la intervención estructurada frente a +0,213 DE por año con la autoguiada; diferencia de 0,030 DE por año a favor de la estructurada.
  4. Jordan F, Quinn TJ, McGuinness B, Passmore P, Kelly JP, Tudur Smith C, Murphy K, Devane D. “Aspirin and other non-steroidal anti-inflammatory drugs for the prevention of dementia.” Cochrane Database of Systematic Reviews. 2020;(4):CD011459. DOI
    Cifras: 4 ensayos clínicos aleatorizados, 23.187 participantes, sin metaanálisis conjunto. Aspirina 100 mg/día (mediana 4,7 años): demencia RR 0,98 (IC 95 %: 0,83 a 1,15); hemorragia mayor RR 1,37; mortalidad RR 1,14; certeza alta. Celecoxib y naproxeno: demencia RR 1,91 (IC 95 %: 0,89 a 4,10). Rofecoxib: alzhéimer RR 1,32 (IC 95 %: 1,01 a 1,72); certeza moderada.
  5. Tylutka A, Żabiński P, Walas Ł, Zembron-Lacny A. “Neuroinflammation as a Link in Parkinson’s and Alzheimer’s Diseases: A Systematic Review and Meta-Analysis.” Aging and Disease. 2024. DOI
    Cifras: 37 publicaciones (2009-2023). IL-6 más alta en alzhéimer que en controles: DME 1,17 (IC 95 %: 0,39 a 1,96; p = 0,0034). IL-1β también elevada (p < 0,001).
  6. Han J, Zhang Z, Zhang P, Yu Q, Cheng Q, Lu Z, Zong S. “The roles of microglia and astrocytes in neuroinflammation of Alzheimer’s disease.” Frontiers in Neuroscience. 2025. DOI
  7. Mitchell DJ, Mousley ALS, Shafto MA, Duncan J. “Neural Contributions to Reduced Fluid Intelligence across the Adult Lifespan.” Journal of Neuroscience. 2023;43(2):293-307. DOI

Dr. Ricardo Villanueva

Dr. Ricardo Villanueva

Médico de urgencias hospitalarias. Escribe sobre medicina, filosofía y, a veces, ficción: lo que queda cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.
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